“Como muchos días de aquel verano del 91, a mis 18 años, salía de trabajar y me encaminaba a mis rutinas espirituales en plena inmersión en la naturaleza.
Uno de mis lugares preferidos era el mirador del Cap Blanc, delante de los islotes de Es Vedrà i Es Vedranell.
Llegué al lugar al atardecer, cuando todavía quedaban unas horas de luz y comencé mi meditación contemplativa con la vista puesta en el infinito y sin perder de vista el hermoso paisaje que se vislumbraba a mi alrededor.
Pasaron los minutos y el sol comenzaba a ponerse en el horizonte. Estaba solo….”
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